Fondo-sigo-rodando-solaSigo Rodando Sola

Dicen que la India es el paraíso del fotógrafo y del documentalista por el colorido de las imágenes y por la diversidad de temas. Pero pocos son los que entran en el país diciendo qué es lo que van a hacer, porque de lo contrario no podrían, o pagarían a precio de Bollywood por día de rodaje.
En mi caso iba con una beca de investigación concedida por Casa Asia y a hacer un documental sobre el agua y las mujeres. Esto me suponía un problema de visado, ni era estudiante, ni estaba trabajando, y por mi profesión, en los periodos en los que puedo ejercerla, tampoco soy muy bienvenida en los países de dudosa libertad de expresión.
Sigo rodando sola, pasando los aeropuertos con un equipo donde supuestamente deberían trabajar como mínimo 3 personas. Pero lo que en principio es una desventaja, se convierte en algo único.
India es un país de fácil acceso para los ciudadanos de países ricos. Allí he conocido a gente que viaja por turismo sexual, otros que llenan las maletas de baratijas de colorines que luego las venden a precios descomunales en Europa, sin importarles que son niños esclavos los que las elaboran. Y por supuesto he conocido a gente que viaja buscando esa supuesta India espiritual en comunas sectarias.
Es fácil todo mientras no seas periodista ni pertenezcas a ninguna organización de derechos humanos, aunque parezca lo contrario por los 4 millones de ONG que hay dedicadas a la infancia, a las mujeres, a los “intocables”...
Si se quiere mirar un poco, te das cuenta de que después de más de 50 años que las ONG llevan trabajando allí y de los billones de euros que los occidentales han donado, las cosas han cambiado muy poco. Me pregunto por qué justifican su ineficiencia.

También me pregunto cómo siendo un país que pertenece al G-20 y siendo la cuarta potencia mundial en paridad de poder adquisitivo, es el país del mundo con mayor concentración de pobres y con una tasa del 46% de su población con malnutrición.

La anterior vez que estuve, viví en una comunidad de viudas en una ciudad santa, y estuve bajo el protectorado de mujeres desamparadas. Pensé que al vivir esa realidad tan excluyente, la impresión que había tenido era limitada.
Para rodar “La mujer y el agua”, he recorrido prácticamente en su totalidad India durante 6 meses y he vivido, reído y llorado con las mujeres que aparecen en el documental.
La ventaja de estar sola es que no vivo de manera ajena las cosas, sino que me integro en esa rueda vertiginosa y obligada que son sus vidas.
Una vez una periodista de un país musulmán me preguntó cómo había logrado que las mujeres me hablaran de manera tan abierta ante la cámara.
Casualmente, otra vez, las cuatro protagonistas del documental no vivían con los maridos y no tenían a nadie que las obligaran a callar.
Como documentalista y como guerrillera filmmaker, siento la necesidad de enseñar lo que veo, aunque eso implique dolor. Me gusta observar y ser invisible, no vulnerar lo que me rodea. Y para eso se necesita tiempo.

Pero por otro lado la soledad también me ha generado momentos inquietantes. India, sin ser un país en guerra, es uno de los países más violentos con las mujeres y los indefensos.

En mi experiencia como viajera nunca me he sentido tan invadida y agredida como me he sentido allí, quizás porque estaba enseñando lo que nadie quiere ver a pesar de estar a la vista de todos.

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